De la Orilla del Viento.

Desde la preparatoria, cuando por cabeza tenía una melena y mil sueños de izquierda, constantemente participaba en las flipantes aventuras del “Club de Investigación” de José Miranda, nuestro maestro de Historia de México y jefe de la rondalla del colegio. Era buena oportunidad para conocer las bellezas naturales de Coahuila, aprender de la historia del desierto y conocer gente más allá de mis amistades convencionales (siempre he sido aburrido).

El viajecillo que más recuerdo es cuando fuimos a Marte, a una meseta perdida en medio del desierto donde mi papá jura que aterrizan OVNIs. La meseta tenía sólo poco más de mil metros de altura, pero desde entonces me enamoré de la idea de conocer bosques y montañas, aclimatarte al ir ascendiendo y ver cómo poco a poco cambia la vegetación. Eso fue hace ocho años, desde la calidez y comodidad de Torreón. Desde entonces (y gracias al poco tiempo del que disponía en mi universidad y a mi renuencia por salir fuera de mis burbujas) nunca encontré el tiempo para volver a sentir esa sensación hasta este fin de semana.

La madrugada del domingo tuve la oportunidad de subir mi primera montaña a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Hace dos años subí al lago del Nevado de Toluca, pero no me gusta contar esa experiencia porque no llegué a su cima y medio camino lo recorrí en camioneta. Pero no, este viaje fue diferente porque caminé más de ocho kilómetros en ascenso y pude llegar al final. Era como si hace años me hubiera quedado con la experiencia incompleta, o como si hubiera perdido la última pieza de un gran rompecabezas. Esta vez, Henry tendría su memoria íntegra de La Malinche.

Dada mi notoria inexperiencia en las cimas, compré todo aquello que me recomendó gente con experiencia en las cimas: un bastón para senderismo, guantes y calcetines polares, un buff y una chamarra ideal para frío, ligereza y humedad. No compré botas porque un amigo quedó en prestarme las suyas, pero su cruda de la noche anterior terminó por derraparme sobre rocas y arena. En fin, llegamos a las cabañas en las faldas del cerro. Guardamos, preparamos, fumamos, comimos y bebimos. Después de batallar con leña húmeda y preparar pasta con carne, el fuego y la cerveza sirvieron de excelentes compañeros al ritmo de Future Islands. Y así, los cambios de estaciones jamás me sentaron tan bien como contemplar el crujir de los troncos y el calor levitando.

A las 3:20 de la madrugada ya salíamos por la pluma principal, cruzando la carretera hasta perdernos entre gigantes frondosos. Unos contaron trece cruces antes de llegar a la cumbre, pero yo sólo pude contar cuatro; ascendí dormido por todo el largo del bosque y de las raíces. Madrugar siempre me ha servido para realizar actos sin darme cuenta, como cuando te levantas para ir al gimnasio por la mañana y, cuando estás consciente, ya te estás bañando y no recuerdas siquiera haber ido al gimnasio. Realmente es una bendición hacer las cosas temprano. Por el contrario, si lo haces consciente, la desidia se apodera de ti y abandonas esos impulsos. Bastante curioso: todo es más cómodo porque no te das cuenta de lo que haces hasta que lo hiciste.

Eso sirvió porque al terminar el bosque y comenzar el ascenso por la cumbre ya estábamos por debajo de los cero grados. Sin árboles, el frío cortaba mis mejillas como navajas, y el sudor en mi cabeza fue como usar una kipá de agua helada. Por detrás un perro. Me puse una segunda chamarra y ajusté la bufanda, apreté la mandíbula y nos dispusimos a subir por la maleza seca entre rocas y arena. Ya por la mitad, en cuanto terminaron las arenas y comenzaron las cuchillas, me quemaban las pantorrillas y los cuádriceps. Ya estaba cansado y me faltaba el aire. Sentía como si el corazón quisiera salirme del pecho, como si mis pulmones se contrajeran más y más; ya sólo quería bajar y descansar. Total, ¿ya habría más veces para subir, cierto?

Luego vi que desde el fin del bosque, el perro comenzó a seguirnos, seguramente callejero o de alguno de los pobladores del municipio de San Francisco Tetlanohcan. Y el perro seguía subiendo, sin ningún problema, callado y sin jadear, mientras que el color salmón asomaba por el este, y el alba comenzaba a cambiar la paleta de sombras que proyectaba la cumbre. Me motivé y decidí poner un pie enseguida del otro, avanzando de treinta en treinta centímetros, y así sucesivamente hasta llegar a la cima, entendiendo que si descansaba sólo dormiría y el frío entumiría por completo mis articulaciones. Tomara el tiempo que tomara, paso a paso, llegaría a esa puta cima. Lo necesitaba.

Después de raspar mis tenis y apoyarme en grandes piedras, pude ver la última, pude ver la Orilla del Viento. La trepé y ahí estaba, con el guerrero y la mujer dormida a mi derecha y Orizaba a la izquierda. Por debajo, un mar de nubes hasta donde la vista alcanzara delimitaba las islas, atolones y cayos de México. Por encima y al centro, Dios, y una pequeña gota de mi ojo cayendo sobre la Última. Navegaba en los aires cuando el viento arañaba más fuerte, pero pude sentir la ligera atenuación con la cara al sol, orgulloso de llegar a mi primera cima y completar mi primera montaña. No suelo ser alguien que viva en la cima, y por un lado creo que eso es lo espectacular que me brindó este paisaje: encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y vivir esa extraordinariedad día con día. Yo, Henry, primerizo en montañas y probando mis límites.

Luego el perro llegó a la Orilla, y se acostó para tomar el sol. Es interesantísimo ver estos fenómenos, estos sucesos. El perro pudo haber tomado el sol desde abajo, pero decidió subir a tomarlo a la cima. Yo con la cara partida, Henry disfrutando de la majestuosidad de la naturaleza y el perro, sin razonamiento ni metas, descansando. Podemos ser tan fuertes como queramos, dar un esfuerzo extra y probar nuestra resistencia, pero a la vez somos tan frágiles, tan sensibles, tan humanos. Un inexperto ahí en la última roca de la Orilla del Viento, comiendo una barra de cereales y chocolate con un perro al lado, y una placa grabada en ella como recordatorio del eterno acecho de la guadaña. No sé si los escalofríos que recorrían mi espalda eran por el frío o por tantos sentimientos encontrados, ahogados en una lágrima, en sudor y tierra. La primera cima de muchas.

Ya de regreso a la cabaña, mis pantorrillas dejaron de sentir y mis rodillas se hincharon. Creo que jamás había puesto tanta presión ni peso sobre ellas como cuando bajé por la cuchilla hasta el bosque. Para las once de la mañana ya estábamos empacando todo de nuevo en el coche, pero juro que podía sentir como si fueran las cinco de la tarde. Ya en el pedal, me temblaban las piernas al cambiar las velocidades, pero la recompensa de todo un día de un ejercicio nuevo y desgastante, consistente en comida del sureste americano bañada en salsa BBQ, era tan estética como para no llegar. Carneros y Santos, Patriotas y Jefes, un baño caliente y un par de rótulas destruidas para concluir un día cardíaco.

Dios es Grande.

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