De la Soledad en el Mar.

A lo largo de mi vida he tenido una relación de amor/odio con la soledad, a ratos de tragos amargos y otros con mucha paz y quietud. Desde Torreón, estar solo era algo que me incomodaba mucho, y no me refiero a la soltería o al desamparo, sino a estar únicamente yo conmigo mismo sentado sin hacer nada. O haciéndolo, pero con una especie de ansiedad por el solo hecho de estar sin compañía.

Cuando daban las dos de la tarde yo no me iba a casa, sino que prefería estar un rato en la escuela con algún amigo que practicara algún deporte por la tarde. Me daba vueltas, comía, y hacía la tarea para no sentirme solo. Luego tomábamos el autobús de regreso al Lienzo. A finales de la adolescencia hacíamos tareas juntos con cerveza e íbamos a dar la vuelta por parques a fumar y ser zorros del desierto. Por ningún motivo quería llegar a mi casa porque no soportaba estar solo en mi casa. Hubo veces que prefería no estar haciendo nada siempre y cuando tuviera a un amigo con quien no hacer nada. Lo importante no eran los actos sino estar acompañado; comprar un six, una cajetilla, ir a la banca de los deseos o a cualquier café ordinario a ver la vida pasar, cigarro tras cigarro y trago tras trago, de la mano del ocaso para disfrutar las ocasionales brisas cálidas del desierto. La plática era lo de menos.

Hoy en día llevo cerca de siete años viviendo en la gran ciudad, de los cuales tres y medio pasé en la compañía del Corazón Más Grande del Mundo, y debo decir que la soledad aquí tiene matices mucho más pronunciados que los que hay en el desierto. En el desierto se está para soportar el calor y el aburrimiento trepidante de vidas inamovibles, de cipreses y palmas que llevan más de un siglo en sus avenidas. Aquí, por el contrario, la soledad tiende a ser involuntaria, aún y estando acompañado entre sus grandes plazas.

Allá siempre estás rodeado de gente con la que buscaste no estar solo por más de quince años. Todo mundo se conoce, y entiende las vidas completas de todos y su origen. No así en la ciudad, donde la compañía tiende a ser breve y fugaz. Se está solo siendo acompañado en el desierto; aquí se está solo siendo acompañado y sin acompañar. Yo no podía concebir la última porque en Torreón nunca tuve esa oportunidad, y siendo un hombre sin tierra en un lugar tan caótico como la Ciudad de México me ha hecho reflexionar mucho acerca de ello. Al final no importa si tuviste el mejor o peor día de tu vida, si besaste a alguien o te frenaron en seco los ánimos, siempre llegas a dormir completamente solo.

Aun con roomies, muchas veces la relación no va más allá de un saludo o una conversación ocasional de no más de veinte minutos. Y llegas a tu cuarto, te desvistes, cenas, si el tiempo lo permite, preparas la cama, y esperas a que el día siguiente puedas llegar más temprano para hacer un poco de ejercicio (no así si se es lo suficientemente disciplinado para hacerlo en la madrugada). Y si es así, sales a correr o al gimnasio completamente solo. Cada cabeza es un mundo y todos están tan dentro de los propios que la ciudad te impone una rutina ordinaria, al menos de lunes a viernes.

Y bueno, los viernes te desvelas para salir a algún concierto o a un bar con tus amigos, o si eres más hogareño, te quedas encerrado. Estás en tu departamento y oscilas entre ambas opciones cada semana, quieres salir y le marcas a tus amigos a ver qué plan. Llegas a una fiesta en donde puedes conocer muchas personas pero simplemente no te encuentras, y estás en una esquina tomando solo; te acercas a una bolita de gente platicando y te ríes por compromiso, no hayas puntos de entrada o hablan de temas que no te interesan, que aborreces o simplemente no conoces, luego te cambias de bolita, vas un rato al baño a perderte porque te quieres ir de ahí. Ya te quieres ir pero apenas son las once de la noche, es muy temprano y no quieres llegar a tu casa a estar solo, entonces buscas otra fiesta a la cual irte, y se vuelve un ciclo interminable de incomodidad. Si hablamos de la segunda opción, te tomas el tiempo de comprar algo para cenar, unas cervezas y te dispones a ver alguna serie reciclada o película en Netflix. Más culto si lees un libro.

El sábado descansas, lavas tu ropa, llevas algunas camisas a la tintorería, tus zapatos con el bolero, vas al supermercado o cualquier otra tarea que nosotros los foráneos funcionales hacemos, todo mientras haces planes con la espera de salir a comer con alguien, ir al cine o repetir tu noche del viernes. Gran parte del domingo tienes la resaca del día anterior, y si no, aprovechas para ahora sí hacer ejercicio y conseguir alguna carne asada, un juego de mesa, cine de nuevo, un partido de futbol o una corrida de toros. Con dinero y algo de suerte viajaste a algún lugar todo el fin de semana y pudiste agregar una estrella más a tu plano cartesiano.

A lo que quiero llegar es que al final nunca sientes realmente la compañía de quien te rodea porque sigues entretejido en tus telarañas mentales, y eso es porque no sabemos estar solos. Acompañados nos sentimos solos y cuando estamos solos nos sentimos incómodos. Nunca dejamos de sentirnos solos. ¿Nunca se han preguntado por qué ponemos la radio cuando vamos en el transporte público o en el automóvil de regreso a casa? ¿Por qué escuchamos música cuando estudiamos, o la televisión cuando doblamos ropa? No nos gusta estar solos con nuestros pensamientos, no nos gusta estar sin compañía aunque realmente no valga un carajo tener a alguien sentado junto a ti si lo único que hacer es no hacer.

Preferimos escuchar lo que algún artista desconocido nos tenga que decir sobre su concepción del amor, de la ansiedad y de la vida en general que encontrar lo que nosotros mismos tenemos que decir de ello. Preferimos escuchar voces de fondo de cualquier comedia barata que lidiar con nosotros mismos; no podemos estar en perfecta quietud y absoluto silencio porque nos incomoda enfrentarnos y retarnos a nosotros mismos. Nos evitamos la molestia de reflexionar en la introspección porque nos asusta lo que podamos encontrar. Preferimos escuchar otras historias que contar las nuestras, y cuando escuchamos otras, inmediatamente buscamos la manera de acoplarlas a nosotros a un nivel superficial. Y dejamos de ser, porque oímos pero no escuchamos; sólo estamos buscando únicamente la manera de saciar ansias y eso lo único que genera es que nos sintamos más solos. Cuando lo pensé así me di cuenta de muchas cosas.

Que uno crece creyendo que la vida siempre nos dará guías en distintas etapas para lograr nuestras metas y objetivos, delinear nuestros sueños, distinguir lo que está bien de lo que está mal y a aprender a adquirir la destreza de cómo trazarla mejor y reírte o quejarte de las anécdotas inherentes a estos procesos. Buscamos puntos de referencia en nuestros padres, nuestros amigos, nuestras bandas y autores favoritos, nuestras parejas, nuestros profesores y nuestros jefes, y eso está bien, pero el problema radica en que solemos tomarlos como absolutos. No observamos que nosotros mismos tenemos que ser nuestros propios puntos de referencia, aun y teniendo a todos los anteriores, porque llegará el día en el que no los tengamos y no podemos quedarnos sin guías. No podemos permitirnos no ser Capitanes.

Peor aún, es muy probable que mucho antes de que suceda y que tengamos la vida resuelta (si es que eso existe) nosotros mismos nos convirtamos en un punto de referencia para otras personas. También es muy probable que terminemos por desilusionarnos de nuestras guías, que no nos puedan enseñar tanto como pensábamos, que ya no podemos extraerles más jugo del que ya poseemos o que incluso lleguemos a odiarlos; o viceversa, porque parte de madurar también consiste en aprender que a muchos de nuestros héroes no les vamos a caer bien o no van a querer a enseñarnos. Por lo mismo, hay que saber manejar la soledad y ser fuerte para otros al mismo tiempo, encima de tus propios problemas. Punto y aparte.

Crecer es darte cuenta que tú eres tu propia roca, tu propia ancla, tu propio punto de referencia, y que si bien hay que utilizar todo a nuestro alcance para sacar lo mejor de las personas para aprender, al final sólo estás tú, solo, y que todos seguimos siendo unos niños jugando a la vida y que nadie sabe realmente lo que hace. La mayoría de las veces todo es improvisado y opera sobre la marcha, muchas veces no depende de nosotros y hasta un cierto punto puedes tener control sobre tu realidad. No puedes tener control sobre el viento ni la marea, y si bien fuiste el mejor cadete en la escuela, hasta entrar a mar abierto y en tu propio barco podrás aprender a navegar en verdad: calcular riesgos y tomar decisiones, aun cuando no tengas la información completa.

Pasamos tanto tiempo dentro de nuestros mundos que olvidamos ver la vida como lo es. Estamos y no estamos, porque acompañados pocas veces reflexionamos y solos buscamos cualquier excusa para no entender los mundos que creamos, y por eso estamos verdadera y absolutamente S-O-L-O-S. Todo esto te pone juegos muy feos en la cabeza. Es en esta soledad involuntaria transformada en voluntad la que nos da oportunidades de conocernos. Saber si estamos cómodos con quienes somos y lo que hacemos, analizar nuestra vida sentimental, personal y laboral, aprender a reacomodar prioridades y esquematizar tu vida para realmente poder compartirlo con el resto de las personas, sean amigos o parejas. El problema es que hay gente que se arroja al vacío antes de saber a qué se está metiendo.

Estar solo es una gran oportunidad para mirar hacia adentro, ver lo agridulce de la vida cuando comemos solos en el fast-food de un aeropuerto, aprender a disfrutar de la soledad, estar a gusto y en paz con uno mismo, sobre cómo aprender a regarnos para llevar una relación sana con nosotros mismos y reflexionar sobre cómo ser Capitanes. Ahora mismo escribo esto completamente solo, y creo que parte de la razón de ser de este blog es poder vencer esa soledad. Creo que más que vencer, es aprender a domarla, por que ya sé que aun con amigos, mi familia y el día que me case y tenga la propia, probablemente me siga sintiendo así. Me siento como Siddhartha Gautama en el libro de Herman Hesse, que hasta me compré un rosario budista para ser el gran brahmán del Valle de México. Ahora me gusta acampar o ver puestas de sol en la naturaleza para acercarme al ideal de Thoreau en Walden.

Gracias a Dios esta ciudad me enseñó a encontrarle estas distintas matices a la soledad, aprender a quererla pero sin que me precipite a tomar decisiones en el calor del momento. Aprender a desprenderme de ella cuando lo sienta así necesario, a aprender a tomar las lecciones de vida de otras personas sin forzarlos a que sean mis guías, o simplemente controlar mis ansias por sentirme escuchado.

الله اكبر

Dios es Grande.

Un comentario en “De la Soledad en el Mar.

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