De la Cuarentena y las Indulgencias.

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Ya son dos semanas de cuarentena después de la emergencia sanitaria por el brote del coronavirus. Me he puesto a investigar y la verdad es que el virus tiene varios nombres que lo hacen sonar más cool que coronavirus, o Covid-19. Por ejemplo, este el 2019-nCov-2 o SARS-CoV-2. Siento que es el tipo de nombre que le pondrían al Rage Virus que sale en 28 Days Later, y definitivamente estos días se han sentido justo así, como cuando Cillian Murphy despierta en un Londres desierto. Dos semanas de encierro. No hay problema, porque me ha dado este tiempo de poder escribir, y justo quiero aprovechar para poner algo inédito, sin pensar ni digerirlo tanto, en este blog medio abandonado. Este tiempo me ha hecho reflexionar en algunas cosas. 

For starters, llevo un rato ya saliendo sólo al supermercado cuando se me agotan los insumos y a imprimir cosas a la oficina; de verdad siento que hay gente a la que les aterra la tecnología y perder sus cotos de poder dentro de los cubículos uniformados que son las oficinas. Tampoco entiendo cómo es que existen millennials que no pueden lidiar con el Home Office o que se estresan por estar solos en su casa. Más sorprendente es encontrar Boomers que han abrazado con gracia este giro. 

Aun así, he escuchado de amigos y colegas lo mal que la están pasando. Parece ser que les desespera estar encerrados con sus propios pensamientos, o lo más triste, con las personas que se supone que aman. Los entiendo, por una parte. De verdad entiendo que estar encerrado en un espacio determinado con más personas puede ser agobiante, entre lavar platos, trabajar, mantener la casa limpia y/o soportar niños inquietos. Pero no puedo evitar sentir una ligera angustia por ellos, porque el solo hecho de poder comer con tu familia en casa es un privilegio. Creo que pueden tomar las cosas por sentado, sin darse cuenta de los privilegios que tienen. Es chistoso, porque muchos creamos versiones digitales de nosotros mismos en redes sociales pero en realidad somos otras personas, y esta cuarentena está ayudando a probarlo. Me cuesta trabajo entender cómo alguien puede desesperase tanto por el F.O.M.O., sobre todo cuando todos los demás están en la misma situación, o peor. Confieso que ya he vistos los retos anti-algoritmo de Instagram y puedo confirmar que todos ustedes son estereotipos. Todos se ven exactamente iguales (me incluyo). 

Por otro lado, creo que el lado bueno es que, para la gente que no se desespera de estos encierros, este tiempo ha servido para estrechar lazos con la gente que quieren. Al igual que el paradójico abrazo a la tecnología, gente que creía ser de una manera resultó ser de otra, y pareciera como si se hubieran invertido los papeles. Es como si el mundo se hubiera polarizado en dos bandos de corazones distintos, los fríos y los cálidos, los pragmáticos y los idealistas. A pesar de la distancia, uno siente impulsos que nos hace sentir agradecidos con la gente que de verdad está ahí, la gente con quien puedes compartir un “ahuevo” o un “ay, no mames”. En mi caso ha habido varios “Ay, no mames” en distintos frentes, pero eso hace esta cuarentena más divertida, independientemente de los planes y conciertos frustrados (never mind my birthday), y la gran recesión que vendrá después. Entonces, en algunos casos pude ver que triunfó la razón sobre el corazón, y en otros la emoción sobre el cerebro, pero nada igual.

Creo que algo bueno que saldrá de todo esto es que va a obligar a las empresas a repensar sus modus operandi y a adoptar la tecnología para facilitar asuntos. De entrada, las firmas digitales y ventanillas electrónicas para trámites… el ahorro en tiempo y dinero va a ser considerable, y darle un adiós final a las impresoras en beneficio del medio ambiente. También la gente se dará cuenta de los beneficios del Home Office, y que la productividad puede aumentar drásticamente si dan cuando menos dos días turnados de Home Office a sus empleados funcionales en casa, y los que no, pues a la oficina. Lo mejor de todo, conference calls en lugar de juntas; mucho más eficientes, rápidas, y obliga a las personas a ir al grano en un determinado asunto. Estamos obligados a ello por el amor de Dios, incluso en un país tan tradicionalista como México.

Esto me hizo darme cuenta que la neta es muy fascinante y aterrador a la vez cómo reacciona el sector privado y los gobiernos nacionales, cómo se mueve esta Ciudad, este país y la Tierra entera a este imposición de la naturaleza y a su estudio por parte de la ciencia, cómo se inquieta toda esta mente hiperconectada sometida a la tensión ininterrumpida de la ansiedad, de la “asfixia auto-erótica social” y de la hiperestimulación nerviosa, a la soledad metropolitana, incapaz de liberarse de este sopor que roba la vida y la transforma en estrés permanente. 

En mi caso que lo he hecho medianamente bien; al menos puedo seguir distinguiendo mis días laborables de mis fines de semana, creo que soy mucho más eficiente en el trabajo, estoy comiendo más sano y haciendo yoga en las tardes. También estoy catching-up en todas mis lecturas pendientes y leyendo un libro por semana. Desde 2016 no tenía un reading-spree así. Tuve seis horas maratónicas de “La Casa de Papel”, y así como uno se excede en la comida y luego llega el sueño, mi cruda terminó por arrepentirme por haberme gastado todo en un día, y ahora a esperar un año más. Luego me indulto a mí mismo; es como cuando sueñas que nadie te ve y sigues dando pistas por si alguna vez te gana esa “hambre invisible” (Santi Balmes, everyone!)

Hablando de indulgencias, algo que sí he hecho demás es beber, porque cuando parte el día me sirvo una cerveza y así hasta que llega la noche. La primera semana fue brutal porque mi estómago ya no aguanta la cebada como cuando pasaba mis veranos en el desierto. La verdad es que los viajes al supermercado con mi roomie consisten básicamente en reabastecernos de cerveza más que de comida (quién diría que la cuarentena nos ayudaría a organizarnos para que nada se eche a perder en el refrigerador). 

Tal vez me equivoqué, porque el pasado me ha enseñado bien a mesurar las cosas y a no exprimirles el jugo demasiado rápido, aunque las ansias por ese tipo de indulgencias aumente y mi cerebro me demande más ambición en las cosas en las que ahora me interesan (como los chascarrillos de juegos de mesa americanos para niños/frat-parties como “Exploding Kittens” o “Throw Throw Burrito”. Si no los conocen, tienen que pedirlos YA por Amazon). Puede ser un poco hipócrita de mi parte porque ahora estoy escribiendo estas cosas a las 2 de la mañana, con una cerveza en la mano, lo admito, pero me surgió la necesidad de escribir todo esto después de mil tazas de té negro.

La lección aquí es ser mesurado con uno mismo y ser mesurado con la gente que no sabe estar sola, o que se rehusa a aprender a cómo estar sola. Creo que es una de las cosas básicas que todo ser humano debería de aprender, y más en un lugar como la Gran Ciudad, donde poder estar solo puede volverse un(a) placer (tortura). Encontrarle lo bueno a esto, reírte con los memes de Susana Distancia y que tu gato se puede hartar de pasar tanto tiempo en casa y, por supuesto, a no confiarle tu salud al actual Gobierno Federal de México.

(Please excuse the typos and the digressions).

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