De los baldes de agua fría.

Queens, NY – 2018.

Ahora que he estado en el desierto, tuve la oportunidad de aprender en carne propia aquello de lo que se arrepiente la gente, al menos en cuanto a dejar pasar el tiempo y esperar a que la vida llegue, así como así. Estos últimos días he pensado mucho sobre cuando estábamos aquí. Hace más de diez años, una simple escapada a través de callejones y arboledas llenas de patrullas nos permitió conocernos. Y al amparo de un aura blanca y un gallo azul, rock y algunas cotorrizas, entablamos las bases para beber y beber de aquí en adelante. Sí, eso sucedió cuando estábamos aquí. Y cuando Mustafá se asomaba por la ventana trasera del coche a gritar tu nombre yo únicamente me preguntaba si la noche no acabaría en vómitos o en algún escenario –bastante común en ese entonces– en el cual yo quedaría en el rincón de algún bar, acurrucado en un sillón viendo a la gente pasar, dando tragos lentos a mi cerveza para aligerar la bruma y el sopor que ciertos lugares me ocasionaban.

Cuando estábamos ahí, la verdad es que me parecía muy extraño la manera en la que se desenvolvieron las cosas. Desde las amontonadas en el Jetta al supermercado, a fotografiarnos jugando videojuegos en el área de juguetes para niños, a escoger con emoción la botella más nefasta y barata que pudiéramos encontrar, aún con la credencial que su madre tenía para la membresía de aquel club. Cuando estábamos ahí, pude notar los cambios que la propia adolescencia y la vida notaban sobre los rizos de un chico gordo (o la “Señora”) y más tarde sobre un sujeto ansioso por la perfección de su cuerpo, el cortejo y los cortes madrileños. Y es que los goles de Cristiano y en general cualquier cosa que tuviera que ver con el espíritu merengue jugó una parte modular, indispensable y siempre presente, pero tan ligera e imperceptible como para imaginar tu futuro una vez que ya no estuvieras aquí. 

Cuando estábamos ahí, es cierto que tuvimos nuestros desencuentros; lo reconozco. Personas tan distintas y criadas en tan diferentes contextos pueden no compaginar, y creo que así lo fue en muchos escenarios conmigo y el resto de los demás, pero eso nunca nos quitó la fraternidad que tuvimos y nuestra hermandad. Claro, no fuimos los mejores el uno del otro; no había por qué serlo, porque cada uno de nosotros tomaba lo bueno y dejaba lo malo, y para aquellas cosas genuinamente importantes, teníamos a otras personas a quienes consultar, o con quienes embonábamos mejor. Empero, hermanos, a fin de cuentas. Y es que una vez que me alejé del desierto la distancia se acortó y a la vez se hizo más grande.

Recuerdo bien cuando viajaste de imprevisto a Nueva York conmigo. Yo iba a visitar a un hermano y tú compraste tu boleto justo un día antes de mi vuelo. Celoso, al final acepté esta “intromisión” y la pasamos increíble. La fiesta entre palmeras, los bares de sake, las peleas con meseras por su propina americana, netear sobre la vida con The Killers de fondo e incluso todo aquello que a ti te daba una tremenda hueva. No hubo objeción alguna cuando me levantaba a las 6 de la mañana a conocer todo lo que quería conocer; al contrario, te acoplaste y no opusiste resistencia a los museos, edificios, vistas, bares, restaurantes, los clásicos deli neoyorquinos, tiendas y demás landmarks de la Gran Manzana. Y entre mucho alcohol, tobacco pouches y la suerte de nuestro lado, nos marcamos de por vida con la antorcha libertaria, tal como cada parte de esta tercia de tontos empecinados piensa (¿o pensaba?) vivir su vida. 

No congeniábamos mucho en algunos aspectos fundamentales de la vida y de los placeres. Pocas veces coincidíamos en los cursos de acción a tomar en cuanto al futuro, relaciones, el trabajo, lo que es “ganar” en la vida y muchas otras cosas. Sin embargo, creo que coincidíamos en hacer de nuestra vida ordinaria algo extraordinario, a nuestra propia manera. La música era muy distinta pero siempre había gestos de elogio cuando cualquiera de los dos conectaba el auxiliar o recomendaba alguna serie de Netflix. Si bien la característica principal de nuestro humor en común se basaba en memes posmodernos y diálogos de Bob Esponja, siempre hubo una especie de entendimiento, sobre todo si se trataba de los gajes del oficio de ser abogado.

Entre que estábamos y no estábamos, y nos alejamos por azares de la vida en el seno del crecimiento a una etapa madura y adulta, creo que hablo por todos cuando admito que nos dolió ver que circunstancias simples de este proceso nos impidió desarrollar más nuestra amistad. Y es que, en efecto, lo teníamos todo y logramos mucho, y cuando las cosas parecen estar mejor en una etapa en la que uno sueña con recrear American Pie o Blue Mountain State, se comienza a sentar cabeza. No sé por qué cosas debiste haber pasado en ese momento crítico; no sé si necesitabas hablar con alguien o desquitarte, comentar que no estabas listo o que no querías, o que simplemente aborrecías esa madurez que poco a poco permeaba sobre todos nosotros. 

Eso ha sido lo más duro. Eventualmente, pensaba que las cosas se solucionarían, que conviviríamos espontáneamente en una carne asada y que nos saludaríamos con el mismo gusto con el que nos vimos por última vez; que habría algún clever comeback como los que solías decir, un buen juego de beer-pong o alguna anécdota divertida sobre algún viaje o ligue. Sabía que aparecerías, tarde que temprano, y volveríamos a estar todos juntos listos para disfrutar una bebida, un partido o una comida, rememorar aquél viaje a Nueva York y presumir esa antorcha que nos hicimos borrachos tras un partido de los Mets (cuyo significado a partir de estos sucesos ha cambiado drásticamente). Y es que heridos podemos soler orgullosos y evitar el diálogo para no ceder, para evitar el cansancio o cualquier incomodidad que nos haga voltear a vernos a nosotros mismos y evaluar nuestras fallas. 

El día en que ya no estuviste aquí, me quebré cuando el Ingeniero me marcó a medianoche para comunicarme de la noticia. Cayó como balde de agua fría, pues era algo que genuinamente no esperaba, o que era una mala broma del Ingeniero. Te busqué, pero no me contestaste. No hubo respuesta, y no pude evitar el llanto al pensar en lo que debió sentir tu mamá y aquellos momentos de confusión que pasaste solo en el cerro. Al día siguiente desperté sin saber si había sido parte de un mal sueño o si habría nuevas noticias que con un suspiro despejaran cualquier duda de que estabas bien, que fue un malentendido y que despertaste adolorido en tu cama. El pésame que recibí de la gente lo volvía más real; la corona que vi sobre la tierra áspera y rocosa lo confirmo y, al término del sábado 5 de junio, ya había aceptado tu partida. Mientras viajabas a la velocidad de la luz por el firmamento, estoy seguro de que Cristo te recibió con los mismos brazos abiertos que cuidan nuestro desierto, que te reconfortaron todas aquellas palabras que dijimos y la despedida que todos te hicimos para celebrar tu vida.

Ahora que ya no estás aquí, me he puesto a pensar mucho en lo fugaz de la existencia, y lo fácil que es que personas entren y salgan de nuestras vidas tan fácil. Es tan fácil alejarnos de las personas y que desaparezcan, sin murmurar una palabra de despedida, sin pedir perdón por las ofensas que nos causamos, sin reírnos de una última anécdota con una cerveza o sin sincerarnos en lágrimas fraternales. Diez años parecen mucho, y lo son, y llegará el momento en que con canas recuerde los diez años en los que coincidimos en este plano; sólo un breve lapso dentro de una eternidad de memorias a poner en marcha, memorias en las que deberías estar presente y que con gusto te hubiera recibido con un gran abrazo, hermano. 

Y todo esto lo pensé, 
ahora que ya no estás aquí. 

Espero que tengas un cumpleaños espectacular, donde quiera que estés. 

2 comentarios en “De los baldes de agua fría.

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